jueves, 4 de mayo de 2017

#MayThe4thBeWithYou o de por qué me gusta la Guerra de las galaxias


Mucho se dice que el fenómeno de La guerra de las galaxias, sus seguidores y afición, no son más que producto de la mercadotecnia y en parte es así, pero su éxito se deriva de lo que sus espectadores hemos encontrado en esas narraciones cinematográficas.

En mi caso mi relación con esa epopeya espacial puede decirse que inicia antes de mi nacimiento. La guerra de las galaxias fue la primera película que mi madre vio en el cine. La muchacha de 16 años trabajaba cuidando un par de niños en Chihuahua capital, como muchas jóvenes de origen rural, no había visto más que películas en blanco y negro proyectadas sobre lonas en carpas ambulantes (la electricidad había llegado a su pueblo un par de años antes y las televisión era un lujo). Esa muchacha acompañó a los niños que cuidaba a la matiné y quedó pasmada con aquel universo que veía en pantalla, aquella nave surgiendo de la oscuridad. No pocas veces ella me refirió ese asombro.

Aunque no vi la trilogía completa hasta su remasterización y lanzamiento en VHS en 1997, era un mundo narrativo que no me era ajeno. Recuerdo la película de los ewooks que a los 7 u 8 años me entusiasmó (no la he vuelto a ver desde entonces y tampoco creo que sea de mi agrado ahora). Vi algunas partes subtituladas en la transmisión que algunas noches hacía el canal cinco (usando el formato que utilizaban para transmitir La historia más grande jamás contada), nunca entendí el porqué nunca fueron transmitidas completas. Entender de qué iba aquella historia, la rebelión contra el mal en una Galaxia muy lejana, con robots, sables de luz, maestros jedi fue un gran acicate para mí imaginación. Entonces, viviendo en un pueblo con pocos amigos estaba ávido de lugares de refugio, de escape.

Crecí en un ejido y en un pueblo, en ambos nunca pude integrarme. No era como los demás niños, era afeminado y por eso objeto de burla. Siempre necesité lugares de escape, de refugio. Por eso la televisión fue tan importante entonces para mí.  Por eso, también haber encontrado el universo de la Guerra de las galaxias.

jueves, 20 de abril de 2017

Tú mataste a Hannah, todos matamos a Hannah Baker

En estos últimos días de abril se cumplen 20 años de la muerte de Marvin, uno de mis compañeros de la primaria. Era mayor que nosotros. Tenía catorce años cuando se suicido.
            Nunca supimos qué llevó a aquel muchacho, casi un niño, a quitarse la vida. Cuáles fueron las circunstancias por las que atravesó en ese pueblo de ocho mil habitantes que lo orillaron a tomar esa decisión. Una incógnita que enlutó los últimos meses que pasamos en la primaria.
            Recuerdo ese episodio porque acabo de ver 13 reasons why, la serie que se puede encontrar en la plataforma Netflix y que, utilizando el formato de thriller, a lo largo de trece episodios, de la mano del protagonista Clay Jensen, descubrimos por qué Hannah Baker decidió suicidarse.
            A través de siete cintas que Hannah grabó antes de suicidarse a modo de carta de despedida, conocemos qué la llevó en ese camino. Clay encuentra, al inicio de la serie los casetes en una caja de zapatos con su nombre en la entrada de su casa. Comienza a escucharlos y nosotros nos adentramos con él como guía, como una especie de detective, para descubrir qué le pasó a Hannah, qué la orilló a esa determinación, qué, quién la mató.
            Conforme se avanza en la serie, apuesta por el crescendo en la tensión dramática —detalle que puede jugar en su contra pues el primer episodio es el más flojo— vamos conociendo el mundo en que estaba Hannah, sus intentos por acercarse a las personas, por no sentirse sola. Vemos cómo fracasa en esos intentos y cómo los lazos que pudieron haberla salvado se van rompiendo, hasta que no le queda nada a qué aferrarse.
            Dos cuestiones de fondo construyen la historia de 13 reasons why, por un lado la violencia con que nos atenaza a todos el heteropatriarcado (pero en especial a las mujeres y en este caso a las mujeres adolescentes) y la empatía, la necesidad que todos tenemos de ser empáticos para con los demás y que ellos a su vez lo sean con nosotros.
            Mientras que las dinámicas del heteropatriarcado orillan a los hombres a ejercer la violencia para garantizar sus privilegios, son las mujeres quienes se encuentran más vulnerables en este sentido. La serie hace mucho hincapié en el consentimiento en cualquier forma de contacto sexual y cómo el atropellar la negativa del otro va en escalada. La violación es una situación a la que las mujeres desde muy jóvenes se ven expuestas y los guionistas saben tratar el tema, permiten reflexionar sobre él y el impacto que tiene sobre la vida de las personas.
            En ese sentido, los guionistas y con toda seguridad Jay Asher (el autor de la novela en que se basa la serie), son conscientes y así lo muestran, que una de las formas de responder y sobrevivir a esa violencia es la empatía. Ayudar, de cualquier modo, al otro, salvarlo.
            Los destinatarios de las trece grabaciones que Hannah hizo así lo deben entender, a algunos les queda claro, otros se niegan a sentir empatía alguna hacía ella. Pero Hannah, a fin de cuentas, aunque tomó esa decisión por sí misma, lo que les estaba diciendo es que de alguna manera la mataron, porque no fueron capaces de decirle que ahí estaban, que su vida era importante.
La adolescencia, por si sola, es uno de los episodios más terribles de nuestras vidas, aún no tenemos claro qué queremos del mundo ni qué quiere este de nosotros, estamos aprendiendo a conocernos, descubriendo emociones y sensaciones desconocidas, un coctel por si solo peligroso, al que se le añade la violencia heteropatriarcal, la cosificación, la anulación de la persona.

Siempre será un misterio para mí porque mi compañero decidió suicidarse a los catorce años, ignoró cuáles fueron esas circunstancias que terminaron aplastándolo y tampoco sé si yo, a mis 12 años, hubiese podido ayudarle en algo para evitar que tomara esa decisión. Pero, de alguna manera fui responsable, del mismo modo en que todos, como sociedad, somos responsables frente a los suicidios adolescentes.

lunes, 13 de junio de 2016

La marcha del orgullo gay, el escándalo y la discreción

Marcharé este sábado 25 y lo haré de manera escandalosa. No pienso ser discreto, como, de todas maneras no se me da. Por dos razones es que haré barullo y me mostraré más joto —sí, se puede— de lo que soy en la cotidianidad. La primera es que los primeros grupos de la comunidad LGBTI que decidieron reclamar sus derechos no fueron discretos y no lo hicieron de forma discreta. La segunda es que en México y en el mundo se sigue matando a las personas por su orientación sexual.
            El bar Madame en Xalapa, la madrugada del 22 de mayo, el Pulse en Orlando la madrugada del 12 de junio son sólo dos muestras del porqué, a pesar de la aprobación de leyes, del reconocimiento de la Suprema Corte del matrimonio igualitario y la adopción homoparental, es indispensable salir a marchar.
Cualquiera perteneciente a la comunidad LGBTI ha sufrido de homofobia, desde palabras hasta golpes. La mayoría conocemos a alguien que pereció víctima de esta violencia. Aunque somos visibles como grupo, por lo mismo somos más vulnerables, somos un blanco a atacar, sino se me cree ahí están todas las declaraciones de los jerarcas católicos mexicanos o de otros líderes religiosos que no han parado de despotricar en las últimas semanas contra lo que llaman el lobby gay o la agenda rosa; el león cree que todos son de su condición.
Marcharé y lo haré de manera escandalosa, porque a pesar de la homofobia no tengo miedo. Por cada vez que nos gritaron “Joto”, “Marica”, “Lencha”, “Marimacho”, “Vestida”, “Mañoso”; por cada piedra que se nos lanzó; por cada golpe recibido. Marcharé porque nos están matando.

No podemos quedarnos callados, la homofobia no puede ganar.

jueves, 4 de febrero de 2016

Miles, cientos de años, Tu Fu, Cátulo o la conmoción de la poesía

La poesía si no conmueve no es tal. Hace  un milenio y poco más de dos siglos, por su parte, Tu Fu tan siguió este idea sobre la poesía que le leía a su sirvienta sus poemas y si estos no la conmovían él, sin dudarlo, los destruía. Y por ese acto es que sus poemas, escritos en el periodo Tang, en nuestro siglo VIII, aún nos siguen conmoviendo a través de los siglos y las culturas:
                                    Soñé con Li Po, dos poemas:
Cuando la muerte nos separa sólo queda suspirar;
en vida la ausencia de un amigo nos causa un gran dolor.

Exiliado en Jianang, esa tierra de pantanos pestilentes,
no me has enviado noticia alguna.

Te presentaste en uno de mis sueños,
pues sabes muy bien cuánto pienso en ti.

            Ese es el poder de la poesía. Cientos de años desde que la vida de esos dos poetas dejó de ser y aun nos duele la distancia que los separa. Que la poesía puede conmover a cualquiera lo sé no porque lo haya leído o alguien me lo hubiese contado, lo vi. Hace unos años acompañé a Enrique Servín, que entonces era el editor de la revista del Instituto de Cultura de Chihuahua, a una preparatoria en Ojinaga, donde lo mandaron a presentar la revista. El auditorio estaba lleno de adolescentes de secundaria y preparatoria, quienes aprovechando la ocasión brincaban y gritaban; como se ha de hacer a esa edad, se sobreentiende. Enrique, consciente que el contenido de la revista poco les podía interesar, decidió tomar otro camino y recurrió a su prodigiosa memoria, les empezó a recitar un poema de Cátulo, en latín. Los jóvenes, aunque no entendieron aquellas palabras, guardaron silencio y algo intuyeron en aquella música. Luego, Enrique recitó el poema en español, la sala completa estaba al tanto de cada palabra, cada verso. No hubo ese día ninguno que no entendiera la importancia y la belleza de la poesía. Más de dos mil años después que Cátulo cantara su amor a Lesbia ese amor nos conmueve, esa es la poesía.

                        Vivamus, mea Lesbia, atque amemus,
                        rumurosque senum seueriorum,
                        omnes unios aestememus assis.
                        Soles occidere et redire possunt:
                        nobis, cum semel occidit breuis lux,
                        nox est perpetua una durmienda.
                        Da mi basia mille, deinde centum,
                        dein mille altera, deinde centum.
                        Dein, cum mille multe fecerimus
                        contarbabimus illa, ne sciamus,
                        aut nequis malus unuidere possit,
                        cum tantum scia esset basiorum.

            Transcribo una  versión a medias mía (la traduzco y transcribo algunos puntos de la versión que Enrique dijo y que se pueden echar en falta en el mismo Cátulo):

                        Vivamos y amemos, Lesbia mía,
                         y las habladurías de los viejos
                        tengámoslas en nada.
                        A los soles, al morir les es concedió el regreso,
pero nuestra luz es breve
y una vez que se apaga, la noche es perpetua.
Dame mil besos, y luego cien,
y luego otros mil, y luego otros cien.
Hasta que hayamos juntado tantos miles
que los envidiosos prefieran contar
los granos de arena del Sahara
o las estrellas en el firmamento.


Las últimas cuatro líneas corresponden a Enrique Servín, son su versión, tergiversada por mi memoria; a él le agradezco no sólo ese encuentro con la poesía, sino haber sido uno de mis Virgilios. 

martes, 24 de noviembre de 2015

El drama personal y los demás

Cada persona está inmersa en un drama, que no dejará de serlo porque a nosotros nos pueda parecer ridículo o insignificante; es su drama del mismo modo que nuestro drama lo es para nosotros; lo ignoramos y sólo prestamos importancia a nuestros dramas y, a veces, al de nuestros allegados, porque es la única forma en que podemos seguir adelante, de lo contrario, la consciencia de que cada individuo que pasa frente a nosotros está inmerso en su drama podría abrumarnos hasta la parálisis.

Tenemos que seguir nuestras vidas, sí, pero de vez en cuando no estará de más recordar que el resto de los seres humanos son seres dolientes.

miércoles, 11 de noviembre de 2015

De la magia, un viaje en metro, Bradbury y la Literatura

¿Qué puede haber más prosaico que ir en la línea dos del metro dirección Cuatro Caminos? Pocas cosas y, sin embargo, hoy, en ese viaje, pude ver la magia operando. Iba leyendo y una joven se acercó a mí para preguntarme dónde conseguí el libro que tenía entre las manos. El libro: El hombre ilustrado de Ray Bradbury, autor y obra que además de la inmensidad del espacio, de su vacío, se sirve de las brujas y de la magia para construir sus relatos. Hay gente que busca esos universos, que busca ese libro en específico.
            El interés común puede hermanarnos, una lectura en común. Vuelvo las páginas del Hombre Ilustrado y me siento como uno de los marcianos que han invadido la tierra; comparto la desesperación de los autores fantásticos exiliados en Marte ante la asepsia humana que los ha proscrito; esa es la magia, el prodigio de Bradbury. De la literatura, he de agregar.
            He dicho, y escrito, que en la posibilidad de hermanar, de unir (la común unión) reside la magia de la literatura. Luego una amiga me dijo que un tercero se mofaba de mí por hablar en nuestros tiempos de magia; ni siquiera puedo decir que haya sentido lástima por esa persona, no lo conozco y no me interesa tratar a alguien que se aferra a vivir en un mundo prosaico, sin magia. Porque, a fin de cuentas, la literatura es magia, es la posibilidad de salir de lo prosaico de nuestras vidas (así estemos leyendo a Zola) y encontrarnos con otro ser humano, con otros seres humanos, descubrir que no estamos solos.  


sábado, 25 de julio de 2015

Descreo de la felicidad

Descreo de la felicidad; le concedo la razón a Schopenhauer cuando decía que sólo dos tipos de personas pueden ser completamente felices: los idiotas y los malos. La búsqueda constante de la felicidad que nuestro tiempo nos exige me parece una vacuidad más, por la imposibilidad e insatisfacción que implica.
     He llegado a tener momentos de inmenso gozo, momentos en que puedo decir que fui feliz —en los que espero no haber sido malo y no me importó ser idiota—, pero ese estado es pasajero; dei gratia, ¿cómo vivir permanentemente en ese estado alterado, con ese ímpetu espiritual extenuante que exige la felicidad? He llegado a ser feliz, sin embargo, prefiero como norma moral no la búsqueda de la felicidad sino el gozo, el disfrute de la existencia.
       Paladear, así sean los tacos de la esquina, lo que se come; ver el cielo mientras se camina —en la medida de las posibilidades, el Distrito es pródigo en cielos color nata, pero a veces ofrece bellos atardeceres—; la plática, por nimia que sea con los amigos. Un humilde carpe diem, que me permita acumular momentos: una noche de sábado en un billar; una caminata por un parque con mi madre y mi hermana; la sensación cálida y el sabor de un café.
         Descreo de la felicidad en el plano personal, en la incesante búsqueda que el individuo hace de ella, pero en el plano social creo que esa búsqueda es obligatoria. Asumo el riesgo de ser panfletario: creo que como sociedad hemos de buscar las condiciones para que todos podamos ser felices o infelices, si nos da la gana.