lunes, 13 de junio de 2016

La marcha del orgullo gay, el escándalo y la discreción

Marcharé este sábado 25 y lo haré de manera escandalosa. No pienso ser discreto, como, de todas maneras no se me da. Por dos razones es que haré barullo y me mostraré más joto —sí, se puede— de lo que soy en la cotidianidad. La primera es que los primeros grupos de la comunidad LGBTI que decidieron reclamar sus derechos no fueron discretos y no lo hicieron de forma discreta. La segunda es que en México y en el mundo se sigue matando a las personas por su orientación sexual.
            El bar Madame en Xalapa, la madrugada del 22 de mayo, el Pulse en Orlando la madrugada del 12 de junio son sólo dos muestras del porqué, a pesar de la aprobación de leyes, del reconocimiento de la Suprema Corte del matrimonio igualitario y la adopción homoparental, es indispensable salir a marchar.
Cualquiera perteneciente a la comunidad LGBTI ha sufrido de homofobia, desde palabras hasta golpes. La mayoría conocemos a alguien que pereció víctima de esta violencia. Aunque somos visibles como grupo, por lo mismo somos más vulnerables, somos un blanco a atacar, sino se me cree ahí están todas las declaraciones de los jerarcas católicos mexicanos o de otros líderes religiosos que no han parado de despotricar en las últimas semanas contra lo que llaman el lobby gay o la agenda rosa; el león cree que todos son de su condición.
Marcharé y lo haré de manera escandalosa, porque a pesar de la homofobia no tengo miedo. Por cada vez que nos gritaron “Joto”, “Marica”, “Lencha”, “Marimacho”, “Vestida”, “Mañoso”; por cada piedra que se nos lanzó; por cada golpe recibido. Marcharé porque nos están matando.

No podemos quedarnos callados, la homofobia no puede ganar.

jueves, 4 de febrero de 2016

Miles, cientos de años, Tu Fu, Cátulo o la conmoción de la poesía

La poesía si no conmueve no es tal. Hace  un milenio y poco más de dos siglos, por su parte, Tu Fu tan siguió este idea sobre la poesía que le leía a su sirvienta sus poemas y si estos no la conmovían él, sin dudarlo, los destruía. Y por ese acto es que sus poemas, escritos en el periodo Tang, en nuestro siglo VIII, aún nos siguen conmoviendo a través de los siglos y las culturas:
                                    Soñé con Li Po, dos poemas:
Cuando la muerte nos separa sólo queda suspirar;
en vida la ausencia de un amigo nos causa un gran dolor.

Exiliado en Jianang, esa tierra de pantanos pestilentes,
no me has enviado noticia alguna.

Te presentaste en uno de mis sueños,
pues sabes muy bien cuánto pienso en ti.

            Ese es el poder de la poesía. Cientos de años desde que la vida de esos dos poetas dejó de ser y aun nos duele la distancia que los separa. Que la poesía puede conmover a cualquiera lo sé no porque lo haya leído o alguien me lo hubiese contado, lo vi. Hace unos años acompañé a Enrique Servín, que entonces era el editor de la revista del Instituto de Cultura de Chihuahua, a una preparatoria en Ojinaga, donde lo mandaron a presentar la revista. El auditorio estaba lleno de adolescentes de secundaria y preparatoria, quienes aprovechando la ocasión brincaban y gritaban; como se ha de hacer a esa edad, se sobreentiende. Enrique, consciente que el contenido de la revista poco les podía interesar, decidió tomar otro camino y recurrió a su prodigiosa memoria, les empezó a recitar un poema de Cátulo, en latín. Los jóvenes, aunque no entendieron aquellas palabras, guardaron silencio y algo intuyeron en aquella música. Luego, Enrique recitó el poema en español, la sala completa estaba al tanto de cada palabra, cada verso. No hubo ese día ninguno que no entendiera la importancia y la belleza de la poesía. Más de dos mil años después que Cátulo cantara su amor a Lesbia ese amor nos conmueve, esa es la poesía.

                        Vivamus, mea Lesbia, atque amemus,
                        rumurosque senum seueriorum,
                        omnes unios aestememus assis.
                        Soles occidere et redire possunt:
                        nobis, cum semel occidit breuis lux,
                        nox est perpetua una durmienda.
                        Da mi basia mille, deinde centum,
                        dein mille altera, deinde centum.
                        Dein, cum mille multe fecerimus
                        contarbabimus illa, ne sciamus,
                        aut nequis malus unuidere possit,
                        cum tantum scia esset basiorum.

            Transcribo una  versión a medias mía (la traduzco y transcribo algunos puntos de la versión que Enrique dijo y que se pueden echar en falta en el mismo Cátulo):

                        Vivamos y amemos, Lesbia mía,
                         y las habladurías de los viejos
                        tengámoslas en nada.
                        A los soles, al morir les es concedió el regreso,
pero nuestra luz es breve
y una vez que se apaga, la noche es perpetua.
Dame mil besos, y luego cien,
y luego otros mil, y luego otros cien.
Hasta que hayamos juntado tantos miles
que los envidiosos prefieran contar
los granos de arena del Sahara
o las estrellas en el firmamento.


Las últimas cuatro líneas corresponden a Enrique Servín, son su versión, tergiversada por mi memoria; a él le agradezco no sólo ese encuentro con la poesía, sino haber sido uno de mis Virgilios. 

martes, 24 de noviembre de 2015

El drama personal y los demás

Cada persona está inmersa en un drama, que no dejará de serlo porque a nosotros nos pueda parecer ridículo o insignificante; es su drama del mismo modo que nuestro drama lo es para nosotros; lo ignoramos y sólo prestamos importancia a nuestros dramas y, a veces, al de nuestros allegados, porque es la única forma en que podemos seguir adelante, de lo contrario, la consciencia de que cada individuo que pasa frente a nosotros está inmerso en su drama podría abrumarnos hasta la parálisis.

Tenemos que seguir nuestras vidas, sí, pero de vez en cuando no estará de más recordar que el resto de los seres humanos son seres dolientes.

miércoles, 11 de noviembre de 2015

De la magia, un viaje en metro, Bradbury y la Literatura

¿Qué puede haber más prosaico que ir en la línea dos del metro dirección Cuatro Caminos? Pocas cosas y, sin embargo, hoy, en ese viaje, pude ver la magia operando. Iba leyendo y una joven se acercó a mí para preguntarme dónde conseguí el libro que tenía entre las manos. El libro: El hombre ilustrado de Ray Bradbury, autor y obra que además de la inmensidad del espacio, de su vacío, se sirve de las brujas y de la magia para construir sus relatos. Hay gente que busca esos universos, que busca ese libro en específico.
            El interés común puede hermanarnos, una lectura en común. Vuelvo las páginas del Hombre Ilustrado y me siento como uno de los marcianos que han invadido la tierra; comparto la desesperación de los autores fantásticos exiliados en Marte ante la asepsia humana que los ha proscrito; esa es la magia, el prodigio de Bradbury. De la literatura, he de agregar.
            He dicho, y escrito, que en la posibilidad de hermanar, de unir (la común unión) reside la magia de la literatura. Luego una amiga me dijo que un tercero se mofaba de mí por hablar en nuestros tiempos de magia; ni siquiera puedo decir que haya sentido lástima por esa persona, no lo conozco y no me interesa tratar a alguien que se aferra a vivir en un mundo prosaico, sin magia. Porque, a fin de cuentas, la literatura es magia, es la posibilidad de salir de lo prosaico de nuestras vidas (así estemos leyendo a Zola) y encontrarnos con otro ser humano, con otros seres humanos, descubrir que no estamos solos.  


sábado, 25 de julio de 2015

Descreo de la felicidad

Descreo de la felicidad; le concedo la razón a Schopenhauer cuando decía que sólo dos tipos de personas pueden ser completamente felices: los idiotas y los malos. La búsqueda constante de la felicidad que nuestro tiempo nos exige me parece una vacuidad más, por la imposibilidad e insatisfacción que implica.
     He llegado a tener momentos de inmenso gozo, momentos en que puedo decir que fui feliz —en los que espero no haber sido malo y no me importó ser idiota—, pero ese estado es pasajero; dei gratia, ¿cómo vivir permanentemente en ese estado alterado, con ese ímpetu espiritual extenuante que exige la felicidad? He llegado a ser feliz, sin embargo, prefiero como norma moral no la búsqueda de la felicidad sino el gozo, el disfrute de la existencia.
       Paladear, así sean los tacos de la esquina, lo que se come; ver el cielo mientras se camina —en la medida de las posibilidades, el Distrito es pródigo en cielos color nata, pero a veces ofrece bellos atardeceres—; la plática, por nimia que sea con los amigos. Un humilde carpe diem, que me permita acumular momentos: una noche de sábado en un billar; una caminata por un parque con mi madre y mi hermana; la sensación cálida y el sabor de un café.
         Descreo de la felicidad en el plano personal, en la incesante búsqueda que el individuo hace de ella, pero en el plano social creo que esa búsqueda es obligatoria. Asumo el riesgo de ser panfletario: creo que como sociedad hemos de buscar las condiciones para que todos podamos ser felices o infelices, si nos da la gana.

miércoles, 13 de mayo de 2015

Hasta entre los perros hay razas

“Hasta entre los perros hay razas”, reza un dicho popular, que refleja mucho de nuestra idiosincrasia. No es lo mismo, por ejemplo, ser homosexual activo que jota pasiva. En todos los grupos se ejercen este tipo de diferenciaciones, de jerarquizaciones.
            Los homosexuales hacen distingos entre la obvia y al que no se le nota —la mayoría jura ser el segundo y los otros son lo primero—, del mismo modo que todos dicen ser activos, o les cuesta un esfuerzo infinito aceptar que, en efecto, les gusta morder almohadas. La homofobia internalizada.
            Las conductas sexuales de cada individuo son privadas y le competen a él y a la persona o personas con quienes las practique (siempre y cuando no esté implicado el abuso), sin embargo juzgamos más “hombre” al activo que al pasivo —como si la actividad sexual se redujera a meter y sacar el pene del ano—. Porque, aunque ambos son despreciables desde la perspectiva heteropatriarcal, lo es menos el que funge como “hombre” en el acto; el que recibe, el que se raja (recordando aquí aquella explicación de Paz en el Laberinto de la soledad) es el poco hombre, es la vieja, es la mujer.
            Seguir con estos discursos sólo perpetúa la discriminación, es, como se dice en mi rancho: “hacerle el caldo gordo” a los valores y prejuicios de la sociedad heteropatriarcal; los cuales, a todos (hombres, mujeres, heteros, homosexuales, niños, ancianos, etc.) nos sentaría muy bien desmantelar.  

miércoles, 6 de mayo de 2015

La sal de la tierra, una profunda mirada a la condición humana


Hay experiencias estéticas que te dejan extenuado, emocional e intelectualmente.  De la obra vuelves al mundo temblando, pasas por un rito de iniciación, dejas de ser la persona que eras, la obra que te produce la experiencia estética te cambia. Así ocurre con el documental La sal de la tierra, el espectador es uno y otro después de verlo.
            Wim Wanders, uno de los directores del filme, nos explica con voz en off, la etimología de fotógrafo: el que dibuja/escribe con luz. Vemos en esas secuencias iniciales algunas fotografías de los gambusinos en Serra Pela, Brasil; las escenas que vemos son vertiginosas, dantescas, profundamente humanas, fueron captadas por la lente de Sebastião Salgado, quien describe cómo fue para él haber estado ahí.
            Juliano Ribeiro Salgado y Wim Wanders nos llevan por un recorrido a través de la vida y la obra del fotógrafo Sebastião Salgado. Un juego, no de espejos, sino de cámaras, la cinematográfica y la fotográfica, donde nos introducimos en el espíritu de ese hombre que ha recorrido el mundo para captarlo con su lente.
            Asistimos a una exposición fotográfica única, una retrospectiva en movimiento, una exploración que estremece continuamente al espectador. Los ojos de sus fotografiados nos observan y también nos observa el mismo Salgado, quien nos cuenta este recorrer del mundo para fotografiarlo. Observar, junto a él, la condición humana en toda su desnudez.

            La experiencia estética que se presenta al espectador es bella y dolorosísima —en más de una ocasión se pueden correr las lágrimas—, pero también es esperanzadora. Búsquenla en cartelera y disfruten de este viaje por la obra de Sebastião Salgado.