jueves, 23 de octubre de 2014

Hay cuarenta y tres jóvenes que siguen sin aparecer

Hay cuarenta  y tres jóvenes que siguen sin aparecer, luego de que los secuestraron el 26 de septiembre. La indignación, el dolor, me sobrepasan. Mis palabras no ayudarán a los padres y a las familias porque ellos lo que ahora necesitan es encontrarlos.
Decir que el país se está desmoronando, que esto es producto de la corrupción institucional, de la descomposición de social, es decir nada, es repetir lo que todos están diciendo. Decir que somos corruptos y que es nuestra culpa, de qué sirve —justifica aquel mal adagio que quienes están en el poder quieren que creamos: los pueblos tienen los gobiernos que merecen. Claro que algo hay descompuesto en nuestra sociedad, en nosotros mismos (pero esa tarea le corresponde a cada uno, en su fuero interno reflexionar sobre ello).
Lo más urgente es exigir la aparición de los jóvenes. Pero no debe parar ahí, debemos exigir a las instituciones que cumplan con los cometidos que deben a la sociedad. En esta exigencia también debemos cuestionar la labor de nuestra clase económica que se ha dedicado a pauperizar el país y a abonar, en mucho, a la situación por la que estamos pasando.  

domingo, 27 de abril de 2014

Los arduos manuscritos

Fray Diego está preocupado. Tiene trece años en las tierras del Yucatán, ha caminado entre las selvas, rescatando de las manos del demonio las almas de los indios. Son como niños, piensa mientras los ve cargar sobre su espalda las trojes de maíz. Por eso quiere salvarlos; por eso vuelven a caer en sus idolatrías.
            A los oídos del fraile franciscano han llegado rumores. Las ceremonias y los antiguos areitos se siguen practicando, en los cenotes, en las kúes, bajo las ceibas. Sabe que algunos de ellos aun guardan imágenes de sus demonios, de las figuras a las que les ofrecían su propia sangre; sabe que los más viejos resguardan los libros, con esas imágenes de contrahechos rostros y deformes bestias.
            Fray Diego los bautizó, caminó por las selvas para darles la palabra del señor, la buena nueva. Se pierden, temé; siguen haciendo sus sacrificios. No puede aceptar que su labor sea inútil.
            Hemos crucificado a un niño bajo la ceiba, a la horilla de un cenote. Le dijo un joven a quien él había bautizado, el joven está orgulloso y espera la aprobación de fray Diego. Él calla.
El fraile franciscano se siente perdido. Tanto ha sido mi error, piensa. No acaba de entender cómo fue que ellos no recibieron su mensaje, en qué se equivocó. La mano del maligno; no deja de atormentarse por el niño que  ellos crucificaron en la selva, mientras ve al joven que se lo confesó arder en medio de la plaza de Maní.
*
Aristóclito no es el último bibliotecario, como él hay otros escribas que caminan por los pasillos polvosos y viejos de la biblioteca. Copiando manuscritos, revisando los antiguos papiros, fatigando el mundo en los anaqueles.
            Aristóclito nació en Alejandría, recibió la profesión de su padre. Los pasillos que recorre, día con día, sabe que apenas son una sombra de lo que fueron. Esa no es ya la biblioteca que fue en tiempos de César. Su labor es la de una hormiga dentro de la biblioteca, en sus galerías secas y oscuras.
            Desde el alba hasta el ocaso Aristóclito copia los manuscritos, los archiva, los aprende, los sueña. Le fue indiferente el sitio que Amr Ibn al-As hizo sobre la ciudad, los trece meses en que fueron escaseando los alimentos. Se conformó con comer menos cada día. Fue la misma indiferencia que tuvo su padre cuando los sasánidas tomaron la ciudad.
            Como sus compañeros, ignoraba a los hambrientos que se unían a los leprosos en las calles y que estiraban sus sucias manos a los transeúntes. No se preocupaban de los caballos que rodeaban la ciudad, que envenenaban las aguas del Nilo.
            Amr Ibn al-As hizo que sus caballos y sus jinetes tomaran la ciudad, sus gritos resonaron sobre los débiles defensores. Los centinelas, hambrientos, no pudieron herirlo ni a él ni a sus hombres. Se hizo con Alejandría.
Amr Ibn al-As recibió la orden del califa Omar. Si los libros contienen la doctrina del Corán, no sirven porque repiten; si la contradicen, no tiene caso conservarlos.  Aunque el conquistador de Egipto lamenta la decisión, obedece.
*
María de los Ángeles de Kob fue sepultada en Maní en 1623, a la edad de ochenta y cuatro años. Sus nietos y bisnietos recordaban de ella su rostro redondo, fragante a especias, doblada sobre alguna tela donde tejía, y su voz, sus palabras mayas hablando de libros y dioses consumidos por el fuego.
            Ella se convirtió en el centro de la casa de los Kob. A su alrededor, nueras, hijas, nietos y bisnietos trajinaban. Ella era cacique en la cocina, todo lo ordenaba: la cantidad de achiote que debían poner a los guajolotes, el tiempo de cocción de atoles y la vainilla que llevaban. En las tardes, mientras bordaba vestidos, les hablaba a sus nietos.  
            Recordaba a un fraile, la plaza de Maní, figuras de dioses (Chaak, el joven dios del maíz, el corazón del cielo, Kukulcan, Ixchel, nombres que en los oídos de los niños no tenían el poder que tenían para la vieja abuela), los libros de amate amontonados, las ordenes del fraile, su rosario en la cintura, una tea en la mano. El fuego leyendo, por última vez, la escritura, saltando de glifo en glifo, consumiendo los listados de monarcas, las genealogías divinas, reyes conquistadores y constructores de ciudades blancas y prístinas,  poemas tan antiguos como el mundo, a los gemelos solares y su juego de pelota, la serpiente de doble cabeza que sostiene el mundo, los cuatro rumbos ardiendo en la hoguera.
Ella nació en T’hó. Era una niña cuando veía a los Montejo salir de su ciudad para conquistar la península, entonces se llamaba Itzel. Era descendiente de los nobles, de los chanes, de los itzaes. Fue bautizada como María de los Ángeles. Sabía la lengua de los conquistadores, nunca la hablaba. Fue casada con un hombre de Maní, Francisco Kob.

*
Amr Ibn al-As camina por las calles de Alejandría. Las pesuñas de su caballo resuenan, todos callan a su paso. Del desierto corre un ligero viento, mece la capa del conquistador. Hacía el sur arde el fuego del Faro.
            El caballo se detiene frente a un edificio de piedra caliza, fue mucho más grande y sólo sobrevive la esquina que el conquistador observa. Los soldados de Amr Ibn al-As entran al edificio. Él ve los arcos construidos siglos antes.
            Los bibliotecarios son sacados a empujones de su santuario. Algunos cargan entre sus túnicas los papiros en que trabajaban, los soldados se los arrebatan, no les importa desgarrarlos. La luz de la calle, de la tarde, lástima los ojos de los trabajadores de la biblioteca.
            Para ellos es un accidente más; los gobernantes que vienen a interrumpirlos, apenas por un tiempo, de su actividad en la biblioteca. Como Amr Ibn al-As otros ya han intentado destruirlos: Teofilo, obispo de Alejandría; Valeriano perseguidor de Zenobia; Diocleciano; Julio César. El día de mañana, pasado mañana, el conquistador islámico se ira, como se fueron los otros, y ellos volverán a sus anaqueles, a las galerías y a los manuscritos.
            Los soldados traen teas, entran a la biblioteca. El humo comienza a salir de las pequeñas ventanas. Las llamas se reflejan sobre los muros. El papiro arde, Beroso y su Historia Babilónica,  los cien dramas de Sófocles, el emperador Claudio y su historia de los etruscos y su historia de los cartagineses, desde la India hasta Hispania todo arde, el techo cruje, las llamas lo consumen todo.
            La voluntad de Alá se ha cumplido. Alcanzo a escuchar Aristóclito, a Amr Ibn al-As mientras subía a su caballo. Esa noche Alejandría tuvo dos faros, su humo se elevaba sobre la ciudad.
*
La joven Itzel llora. Su marido, junto a ella no dice nada, también está acongojado. Los viejos gritan, invocan a los búhos del inframundo. Fray Diego lanza sobre la pira más objetos, al infierno han de ir los demonios, piensa, mientras lanza los encuadernados libros de amate y piel de venado.
            Los Xiu no dijeron nada, no se opusieron. Lo ven todo, muy cerca de fray Diego. Los libros que pertenecieron a su familia, junto con Uxmal y las tierras del occidente, arden en la pira de fray Diego. Se persignan cuando el fraile se los ordena.

            El fuego se traga todo. Cruje y deja tras de sí humo y cenizas. Los espíritus  en la selva callan, la noche avanza sobre Maní, las brazas de la pira se van apagando, Itzel y los demás no quieren irse, ven, incrédulos, las cenizas en medio de la plaza, el polvo de los dioses. 

*Publicado en la Antología de Becarios del FONCA 2010-2011 Primer periodo, Tierra Adentro, septiembre de 2011

lunes, 31 de marzo de 2014

A la memoria de mi abuelo

La conseja popular reza que lo único seguro que tenemos todos es la muerte. Cervantes, en voz de Don Quijote, nos dice que es lo único que nos iguala a todos, como después del juego del ajedrez, en la bolsa todas las piezas son iguales, carecen de distinciones. Todo lo cual no deja de ser lenguaje, meras palabras a la hora de enfrentar a la muerte de a de veras.
            Hoy, 31 de marzo, hace dos años falleció mi abuelo paterno. De mis ancestros no fue con quien lleve la mejor de las relaciones ni la más estrecha, lo cual no quiere decir que no hubiese afecto. Más allá de sus reacciones iracundas y del temor infantil que el niño tiene a su abuelo cascarrabias, me queda la sensibilidad de ese hombre que era capaz de observar el mundo y que nos heredó –tanto a mi padre como a mí– el interés por la indagación. Lo recuerdo en la labor observando las nubes de verano sobre la sierra, mientras comíamos bajo un enorme táscate.

            Hace dos años falleció, lo vi en su ataúd y ayudé a una tía a que le pusieran un rosario entre las manos, toqué su mejilla, fría. Lloré mientras lo sepultábamos, mientras paleábamos la tierra y escuchábamos el golpe seco sobre el cajón. Es, sin duda, frente a la muerte, donde el lenguaje pierde todo terreno, donde sólo queda el silencio.   

martes, 11 de febrero de 2014

Perdiendo kilos

Pesó 71 kilogramos, lo cual está bien para una persona que mide un metro setenta. Pero, lo digo, porque me siento orgulloso de ello. En junio del año pasado, hace ocho meses, pesaba entre 85 y 84 kilos.
            Este proceso comenzó en el otoño de 2012 cuando las alergias me obligaron a cambiar mi dieta, tuve que dejar de consumir todo lo que tuviera lácteos, huevo, maíz y plátano, el tratamiento me permitió luego volver a comer productos de maíz, pero los lácteos me siguen afectando. Ese cambio, después, me llevó a replantear mis rutinas alimenticias, en busca de mejorar mi metabolismo. Así decidí dejar de cenar, o mejor dicho, hacer la cena temprano (entre las cinco y las siete de la tarde), para que pasarán el mayor número de horas entre la última comida del día y la primera del siguiente –como se hacía en los ranchos, la cena se hacía a la hora en que se ponía el sol–. Este cambio sólo fue el principio. En el verano del año pasado empecé a hacer ejercicio, principalmente aeróbico, antes del desayuno, así, por ejemplo, en el mes de octubre pude observar una pérdida de peso de a kilo por semana.

            En aras de la pérdida de peso no he descuidado mi salud, trato de comer saludablemente, he aumentado el consumo de frutas y verduras, pero no por ello he abandonado el consumo de carbohidratos, aunque, claro, debe ser moderado y mejor por la mañana. Mejor vean las fotos del antes y el después.  

martes, 4 de febrero de 2014

Del placer de la relectura y la memoria

Decían que el emperador Adriano era capaz de memorizar todo un libro con sólo leerlo una vez, ojalá mi memoria fuese así de virtuosa. Sin embargo, si así fue, el emperador no conoció los placeres de la relectura y sus secretos vínculos con el recuerdo. Releer ha sido, y esto en un sentido muy personal, la vuelta al momento de mi vida de la primera lectura, no sólo del libro en cuestión, sino de aquello que acaecía en mi vida.
            El episodio de la arcadia de la segunda parte del Quijote está vinculado con una lluvia primaveral en medio de los campos menonitas en un autobús que hubo de detenerse por una ponchadura; la muerte de Anna Karenina está ligada a dos momentos en que tuve que volver a la casa paterna –en ambas ocasiones lloré y solté el libro–; el poema Las cosas de J.L. Borges me evoca el descenso de un cerro de mi pueblo; el círculo del Infierno de Malasbolsas me devuelve a la secundaria y los recesos que pasaba en la banquete leyendo. Cada relectura es no sólo el regreso a ese espacio hecho de palabras que es la obra, sino a mi vida, un camino nuevo de la memoria.

            La relectura es un placer que se suma al placer intrínseco de la lectura, ya no es la duda por el qué va a pasar, sino algo más que nos lleva a profundizar en ese espacio. Mientras se entra de nuevo se recuerda –se vuelve a pasar por el corazón, según la etimología de la palabra– aquello que nos pasó mientras hacíamos las lecturas anteriores, porque cada relectura es agregar nuevas capas de memoria, nuevas pinceladas en esa pintura inconcluso que es el conjunto de nuestra experiencia.  

martes, 26 de noviembre de 2013

Por qué escribo...

Dos imposibilidades nos orillan, quiero decir, me orillan, a la escritura: no poder ser, nunca, alguien más y, quizá la más terrible, no poder llegar a la comunión con alguien más. La condena de ser nosotros y nunca el otro, es ahí donde radica el germen de toda escritura, al menos, de mí escritura.

            Agregar sobre ello sería innecesario, porque ese par de imposibilidades son, sin más, el motivo que me condujo a la escritura; el espacio donde, de alguna manera, nuestra mente tiene el presentimiento de alcanzar la común unión con otro ser humano, de ser, incluso alguien más. Esa es, también, la magia que alberga la literatura, nos permite por el espacio que va de una frase a otra la oportunidad de ser otro. Esa emoción, alberga la oportunidad de desprendernos de nosotros y de unirnos a alguien más, la comunión, no en el sentido  religioso, sino en un sentido humano y profundo, que nos es necesario a todos, que deberíamos de conocer todos.

sábado, 12 de octubre de 2013

De la fiesta de la hispanidad y otras negaciones.

Este 12 de octubre se conmemoran quinientos veintiún años del arribo de Cristóbal Colón a América. En mi infancia se celebraron los cinco siglos del “descubrimiento”, o, como algunos políticamente correctos trataron de llamar, el “encuentro”. Esta fecha es celebrada en España como día nacional, la Fiesta de la Hispanidad, porque según redactaron los señores legisladores peninsulares, se conmemora la unión de los reinos y el momento de la expansión de la lengua más allá de sus fronteras, estoy, por supuesto, parafraseando.
            Las naciones pueden celebrar cuándo y por la razón que quieran sus fiestas nacionales, total, los estados-nación del mundo se desmoronan. Sin embargo, ello no me impide reflexionar en torno a la fecha en que España se celebra. La conmemoración de la llegada de Colón y sus huestes a América, el momento en que lo primero que se hizo fue poner sobre la tierra la cruz. El momento en que inició un proceso que no termina, el proceso de negación de lo otro.
            La España de ese momento estaba fundada en la negación de todo lo no cristiano: acababa de expulsar a los judíos y de desaparecer el Reino de Granada. Razón por la cual el pensamiento de quienes arriban a América es el de imponer su visión del mundo, destruyendo o sobajando todo lo que encontraban a su paso. Pero, no porque así fuera en aquel momento debemos congratularnos por “el encuentro”, es afrentoso para todo aquello que esa entelequia recién nacida que más tarde conoceremos como España celebre su día.

            Aunque habló español y desciendo de la fragua de mestizaje que se dio en México, ello no me hace estar orgulloso del proceso por el cual pude llegar al mundo. Porque ese proceso implicó la destrucción de civilizaciones y la muerte de millones de personas.